Kaligram
de Artabo |
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Kaligram
de Artabo
¿Es mi
culpa... y soy única en esto? Si no puedo dejar de oír:
"Artabo", como se declina la conjugación latina, "amabo",
me gustaría aquí yo "artearé", del verbo
"artear", crear arte, obrar arte, vivir en el arte... Este
nombre debidamente escogido posee, en el imaginario de mi escucha, el
valor de una divisa, de una promesa y de un juramento. Nombre de guerra,
se decía antiguamente. Artista marcial, Lætitia d'Etiolles
no se anticipa enmascarada, sino rubricada. Y su única protección
contra la vulnerabilidad es una firma.
En cuanto a la serie KALIGRAM, ofrece un magnífico ejemplo de
acierto plástico en la conjunción armoniosa de los contrarios,
la famosa coincidentia oppositorum de los alquimistas y místicos.
Por una parte, en efecto, asocia al dinamismo de las formas la energía
de los signos, los cuales desvelan nuestra lectura de las formas. Por
otro lado, instaura una dialéctica entre formas orgánicas,
alusivas reminiscencias animales o vegetales, y formas de señalización
abstractas, esquemas conceptuales inéditos, ideografía
escondida del enigma. Los dieciséis elementos del alfabeto artabiano
o artabesco, acribillados de flechas, de cruces, de ruedas, de espirales
y de dentículos, se revelan ellos mismos concebidos como por
monumentales arquitecturas: aquello con que lo edificaremos es ya edificio.
Se prestan tan bien a constituir la robusta osamenta de vivientes primordiales
como los vigorosos armazones de máquinas de finalidades inciertas.
Chorros cargados de poder y de sólidas fulguraciones, tales son,
según Artabo, lo que tengo ganas de llamar "los rayos del
logos". Su impetuosidad se equilibra en un cuadro definido de cercos
concéntricos meticulosamente yuxtapuestos. Ahora bien, este arrebato
se revela menos contenido y dominado -lo que sería demasiado
sencillo- que sostenido y como apuntalado por lo que le rodea y al cual
se adosa.
Dieciséis figuras sobre fondo. Otras tantas cartas lúdicas,
de colores brillantes, que nos interrogan sobre la regla de juego que
animará su danza. Cartas que nos ponen el reto de encontrarles
una coreografía a su altura. Y, quizá más secretamente,
láminas adivinatorias que nos requieren inventar, con ellas,
arcanos y avatares de nuestro destino.
Henos aquí apresados con la afirmación solar y fuerte
de significaciones insólitas e inauditas, cuyo mensaje queda
retirado, no hacia una borradura sino en una reserva que piafa, deslumbrante
y provocadora. Conscientes de su potencial tan explosivo como constructivo,
las miraremos con entusiasmo y precaución; intentaremos conciliarnos
con ellas; confiaremos en ellas para que eduquen nuestra mirada. Pues
la evidencia a la que nos convida Artabo la maga es aquella misma que
invocaba Wittgenstein: "Todo está expuesto ante nuestros
ojos". Como para decirnos: QUIEN VERÁ, VIVIRÁ.
Françoise
Armengaud
Profesora de la Universidad de París X
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