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Lætitia
d'Etiolles
Es por un anticonformismo natural y por la búsqueda de un
arte original que Lætitia d'Etiolles debe escapar de las modas
y etiquetas. A la escucha de su primitivismo, nos propone una obra
figurativa en las antípodas del naturalismo. Lætitia
d'Etiolles no está ligada a un sistema cultural definido.
Su arte oscila libremente de una figuración alusiva a una
geometría decorativa, de la habitual lectura lateral a un
recorrido en red de caminos. Es bajo el signo de la serpiente, es
decir, doble contrario, que se declina, de un cuadro a otro, su
trabajo. Ninguna figura que no sea compuesta. La mujer alberga al
ángel y a la guerrera. Los reinos se mezclan en un bestiario
híbrido donde el propio mineral deviene organismo vivo.
En su mitología personal, los seres recalcan una identidad
salvaje, gemela. Su cosmogonía hace del reptil la matriz
del mundo. Línea ondulante, sin comienzo ni final, la serpiente
toma posesión de la superficie, casa los límites de
ésta, y despliega sus arcos de bóveda. Metáfora
del laberinto, la naja circunscribe en el espacio del cuadro un
enmarañamiento de recorridos visuales, difiriendo sin cesar
el momento en que el espectador alcanzará el punto focal.
La mayoría de las veces es un círculo descentrado,
hasta deportado en el rincón superior de la tela que representa
el final del viaje casi iniciático del observador. Este círculo
en forma de ocelo, de huevo de serpiente, simboliza la visión.
Ojo solar, se desmultiplica para figurar hogares, fuentes, pozos,
planetas. Se condensa y se disuelve en una lluvia de perlas blancas,
ocres o azuladas, desgranadas en el espacio.
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