Lætitia d'Etiolles

Es por un anticonformismo natural y por la búsqueda de un arte original que Lætitia d'Etiolles debe escapar de las modas y etiquetas. A la escucha de su primitivismo, nos propone una obra figurativa en las antípodas del naturalismo. Lætitia d'Etiolles no está ligada a un sistema cultural definido. Su arte oscila libremente de una figuración alusiva a una geometría decorativa, de la habitual lectura lateral a un recorrido en red de caminos. Es bajo el signo de la serpiente, es decir, doble contrario, que se declina, de un cuadro a otro, su trabajo. Ninguna figura que no sea compuesta. La mujer alberga al ángel y a la guerrera. Los reinos se mezclan en un bestiario híbrido donde el propio mineral deviene organismo vivo.
En su mitología personal, los seres recalcan una identidad salvaje, gemela. Su cosmogonía hace del reptil la matriz del mundo. Línea ondulante, sin comienzo ni final, la serpiente toma posesión de la superficie, casa los límites de ésta, y despliega sus arcos de bóveda. Metáfora del laberinto, la naja circunscribe en el espacio del cuadro un enmarañamiento de recorridos visuales, difiriendo sin cesar el momento en que el espectador alcanzará el punto focal. La mayoría de las veces es un círculo descentrado, hasta deportado en el rincón superior de la tela que representa el final del viaje casi iniciático del observador. Este círculo en forma de ocelo, de huevo de serpiente, simboliza la visión. Ojo solar, se desmultiplica para figurar hogares, fuentes, pozos, planetas. Se condensa y se disuelve en una lluvia de perlas blancas, ocres o azuladas, desgranadas en el espacio.

Autoportrait 1975
20,5 x 15,8 cm
papel + tinta
1975
Páginas 1 2 3